Habían
pasado cinco horas desde la expulsión del tapón mucoso, era notable el
agotamiento de Marcela. De vez en cuando entraba a la ducha para que el chorro
de agua caliente masajeara su espalda, las contracciones eran muchísimo más seguidas
y fuertes; cada vez que llegaba una, su cuerpo era un seísmo, comenzó a clavar
sus uñas en mis brazos, apretaba los dientes, pujaba con fuerza.
La
cámara seguía grabando todo desde un rincón de la habitación, yo intentaba
estar prudentemente cerca de Marce, a una distancia que no invadiera sus
movimientos. En ocasiones me agarraba del cuello, juntaba nuestras frentes para
caminar de un lado a otro lentamente, como danzando, recorriendo kilómetros en
un pequeño círculo en zigzag dentro del cuarto, su respiración pasaba en
segundos de un ligero silbido nasal a un huracán intermitente.
En
algún momento, nos detuvimos en la esquina de la cama. Se sentó dejando las
manos en mis hombros luchando contra el dolor y el cansancio; de pronto entre labios
preguntó la hora
— 2:32am – respondí.
Desplomándose,
con el último aliento que le quedaba comentó:
— Tenemos
muchas horas en esto, vámonos.
Como
un rayo fui a avisarle a mi suegra, que estaba impaciente en el comedor abrazando
un bolso que le había pedido arreglar unas horas antes
— Nos
vamos al hospital, todo estará bien.
Al
escuchar esa frase, la cara de la señora reveló un alivio abismal, ella deseaba
con alevosía que ese momento llegara, puesto que todo el tiempo desaprobó nuestra
idea de no acudir a la medicina.
Vestí
a Marcela con extrema cautela, la tomé en brazos y antes de salir volteé a
mirar a la cámara que justamente estaba retrayendo el lente como anunciando que
hasta ese momento nos acompañaría; la sensación de soledad se hizo presente,
ahora el monstruo hospitalario se sobaba las manos, íbamos camino a lo que no
deseábamos.

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