Durante
los nueve meses de espera, nos encontramos con diferentes revelaciones que
sugerían criterios para ser buenos padres. Algunas muy evidentes que están allí
tropezando en la cotidianidad como lógica implacable; otras, con muchísimo sentido,
pero con conatos de mentira.
En
un mundo donde la dominación de las masas se planifica con la fabricación de
símbolos que condicionan al cerebro para que piense en las supuestas verdades que muestra la televisión, nunca
habrá espacio para volver a los orígenes de la naturaleza humana, en la tele no
hablan de la condición mamífera que tienen las mujeres para cuidar con apego a sus
crías mientras son dependientes de la lactancia; al contrario, la tele te oferta
un par de boquitoquis para alejar a la madre del colecho.
Marcela
quería asumir una crianza respetuosa desde el principio, cada cosa que no
tuviese ningún esqueje de mercantilismo y que le
pareciera sutil e importante para los
cuidados del bebé, la asumía con absoluta vehemencia. Fue así como dio con la
práctica del parto Lotus:
— Conservaremos la placenta
hasta que se desprenda sola.
Así
lo recalcó después de explicarme unas diez veces las bondades de no cortar el
cordón umbilical de inmediato. Ahora, resulta que yo tenía que buscar una
cesta, llenarla de flores y sal marina para conservar intacta la mística de la
unión entre la placenta y el carajito. No me quedó otra, no quise que jamás
Marce pensara que pretendía desembarazarme de ella, allí estábamos imaginando
las gardenias y tulipanes que adornarían
a Placent, nuestra otra hija.
Placent
nacería unos minutos después que su hermano en una expulsión repentina, yo
tendría que estar listo para levantarla y colocarla junto al bebé que ya
estaría disfrutando de las pailas de calostro en las tetas de Marcela.
Eso
sería el verdadero alumbramiento.

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