Relatos de un parto en casa
Cada vez que hablábamos del embarazo con alguien, el ambiente terminaba tornándose insoportable, nos abordaban con cientos de comentarios en torno a las compras que debíamos hacer para que el bebé fuese feliz. Según nuestra vecina Carmen, había que llenar la casa de peroles, modificar nuestro cuarto, dejar al perro afuera; si no había tanto afecto, era mejor no tener perro porque el niño necesitaba su espacio, un coche, un tetero para el agua, otro para la sopa y otro para la fórmula, una cuna, un mosquitero y quién sabe qué otra cantidad de domésticos enseres, colonias, cremas y perfumes.
Marcela
no aguantaba mucho esta conversa, siempre apelaba al argumento de los orígenes
del mundo, decía:
— ¿Tú
crees que los primeros habitantes de la tierra tenían todo eso?- Seguido de una explicación sobre las bondades
de la lactancia materna exclusiva.
De
este modo se sacudía a cualquiera que viniese a comentarle como tendría que
cambiar su vida después de parir. Carmen era muy insistente, quizá un tanto
masoquista, escucharla hablar con Marce era como un eterno retorno rebuscado,
así como saberse de memoria el diálogo
de la película que has visto desde niño, pero que si aparece en el zapping la
vuelves a ver.
Carmen
siempre preguntaba:
— ¿Ya
compraron todo lo que el niño necesita?
A
lo que Marcela respondía con cierto tonito irónico
— ¿Qué
es todo? El carajito me necesita a mí y a mis tetas, lo demás es innecesario.

2 comentarios
Genial,por un momento me metí dentro del relato.
ResponderEliminarya me atrapó el relato
ResponderEliminar